lunes, 23 de febrero de 2015

Sólo Lucha Libre desde El Alto

Quedan pocos minutos para las 18.00 horas y la gente a quien le gusta la lucha libre enciende la radio. Muchos esperan con ansias que inicie el nuevo programa Sólo lucha libre. Mientras tanto, Adalid Martínez, el conductor, se prepara como si estuviera a punto de entrar a una pelea más en el cuadrilátero.

La luz roja que se enciende le indica que ya está al aire. La música mexicana comienza a sonar. La cabina de radio se convierte en un pequeño ring para aprender más sobre este "deporte-espectáculo”, y para buscar recursos para ayudar a la gente que está en una situación de vulnerabilidad, en especial a los niños.

"Siempre quise hacer algo diferente que una mi pasión por la lucha libre con la ayuda social, y así nació este programa de radio”, manifiesta Martínez, impulsor de este programa y quien también es un luchador asiduo del cuadrilátero. Tiene encima más de 15 años de experiencia.

Martínez es conocido como Aníbal el escudero, y cada domingo sube al ring para vivir a flor de piel los 15 minutos de fama que le da este deporte, los cuales disfruta aplicando las llaves de "rudo” a todos sus contrincantes. La gente se da cita en el Multifuncional de la ciudad de El Alto para vivir las luchas y apoyar a su "héroe”, sobre todo los niños, quienes disfrutan cada segundo de las peleas.

Aníbal el escudero forma parte de un deporte que llamó la atención no sólo de los bolivianos, sino también de muchos extranjeros, por la peculiaridad de estas peleas. En el cuadrilátero, los visitantes pueden ver desde contrincantes lanzándose sillas y botellas, hasta cholitas luchadoras o "cachaskanistas”, quienes causan furor por su valentía en el ring.

Por la importancia de este deporte, sobre todo en El Alto -que es el lugar en donde más se practica-, Martínez creó el programa de radio Sólo lucha libre , que se difunde de lunes a viernes de 18.00 a 19.00 horas, a través de la radio Fucase, 94.0 en Frecuencia Modulada.

Este nueva propuesta pretende que la gente conozca más sobre la historia de la lucha libre y sus personajes, como también busca que sea un espacio para ayudar, en especial a los niños que ven a los luchadores "como héroes cuando están encima del cuadrilátero”, cuenta Martínez.

Cada emisión radiofónica consta de dos bloques. En el primer sector se invita a un luchador o luchadora para que cuente su experiencia en el ring, y a su vez para que pueda contar algo de la historia de este deporte en Bolivia; esto con el fin de que los oyentes puedan "empaparse” de todo el proceso que tuvo que pasar este "deporte-espectáculo” para consolidarse, comenta Martínez.

El segundo bloque está enfocado a la ayuda social. Se pretende recaudar -según Martínez- fondos o brindar un espacio para que la gente pueda pedir colaboración para algún niño que lo necesite. Este sector es la prioridad del programa, ya que el conductor quiere crear a futuro una fundación que beneficie a la niñez.

"No sólo nos queremos lucir en el ring, también queremos brillar como personas”, asevera Martínez. Es por ello que esta institución que busca crear, apunta a brindar ayuda de todo tipo a la niñez, desde la psicológica hasta la judicial.

"Los aplausos y los gritos de los niños es algo que se te queda en el corazón, y hay que ser recíprocos con ellos de alguna manera. El programa de radio es el inicio de lo que se quiere hacer”, expresa Martínez.

También, en medio de cada sector, se puede disfrutar de música mexicana como las rancheras que, afirma el conductor, hacen alusión "al lugar donde nació la lucha libre”.

El luchador agrega que está en busca de una voz femenina, y espera que sea la de a una cholita luchadora, para que aporte al programa con su participación.

La mayoría de los integrantes de la familia y amigos de Martínez no saben que es luchador. Está consciente de que, con el programa, más allegados se enterarán de esta faceta, pero a él no le importa, dado que la meta mayor es ayudar a los niños que lo necesiten.

"Los niños son los seres más vulnerables y nosotros sus ‘héroes’ debemos ayudarlos y cuidarlos”, afirma el luchador.

Página Siete

viernes, 20 de febrero de 2015

Ninja Boliviano en Radio Conciencia 1100 AM

El Alto, 20 de febrero.- Radio Conciencia 1100 AM y el programa Voces de El Alto tuvo la grata visita del polifacético luchador andino. Ninja boliviano, peleador que brilla todos los domingos en el Multifuncional de la Ceja de El Alto. Develó su vida y aprovechó para conversar acerca de la problemática de la lucha libre boliviana.

Sueños

“Quiero viajar a México para luchar con el Hijo del Perro Aguayo, estoy dispuesto a superar su rudeza”, “mi mejor pareja en el cuadrilátero fue Jaider Lee”, “mis rivales más exigentes fueron Comando Zabala y Kid Simonini”, dijo Ninja.

“Desde muy niño me fascinaban las películas de Artes Marciales y Twe Kondo, mi ídolo hasta la muerte será Bruce Lee”, “antes de cumplir mi servicio militar he ganado el cinturón rojo con cinta negra de guerrero acróbata”, subrayó el peleador.

Futbolista y apasionado de la electrónica

Al margen de luchar, cada fin de semana juega fútbol de salón, su baja estatura le permitió, convertir varios goles de cabeza y chilena, su estilo es muy parecido a Anthony “pitufo” De Ávila, de Colombia. Su corazón le pertenece a Bolívar de Tembladerani y Real Madrid de España.

Muy joven estudió el manejo de Maquinas Electrónicas Textiles, en la Escuela Industrial Pedro Domingo Murillo e INFOCAL.

Decepciones

Sus momentos crueles fueron cuando los hermanos tétricos Fito y Fiño Jordy, le sacaron la máscara en la Red UNO.

Datos personales:

Nombre real: Emeterio Cori Quisbert
Nombre de batalla: Ninja Boliviano
Estatura: 1.60
Peso: 68 kilos
Estado civil: Casado
Edad: 45 años
Bando: Técnico
Tiempo en la lucha libre: 26 años
Puede levantar en el gimnasio 60 kilos
Religión: Maoísta, idolatra a Mao Tse Tung

Texto y fotos: Alberto Medrano



martes, 17 de febrero de 2015

Carmen Rosa quiere dejar huella en la política boliviana

La sopa hierve mientras el pollo es despresado por las manos luchadoras de Carmen Rosa, de 45 años. Una pizca de sal, otro poco de pimienta y un par de hojas de laurel son vertidas a la olla caliente. Seguramente eso bastará para darle esa sazón particular que le pone a sus comidas. Con una cuchara de madera remueve los ingredientes, prueba el preparado y se dispone a servir a sus comensales, quienes llegan todos los días, hace ya un año, a su restaurante “Las delicias de Carmen Rosa” a partir del mediodía.

Así entre máscaras y varios afiches de estas cholitas “diosas del ring”, como se lee en uno de ellos, los clientes almuerzan con la certeza de que quien prepara la comida tiene una mano tan buena para la cocina como para la pelea. No por nada su cinturón de campeona en lucha libre se exhibe en una de las paredes de la pensión.

Carmen Rosa, cuyo nombre verdadero es Polonia Ana Choque Silvestre, cuenta que su restaurante, ubicado en Ciudad Satélite de El Alto, se llama así por una ocurrencia que tuvo el periodista cruceño Pedro García, con quien condujo un par de programas televisivos, donde ella solía cocinar platos típicos. “En ese tiempo tenía una pensión por la calle Murillo, donde vivía antes y, después de cocinar ahí, me iba corriendo al programa. Entre las comidas, la televisión y el gimnasio, ya no me daba tiempo y por eso tuve que cerrar la pensión”, dice sonriendo.

Pero a Carmen Rosa, sobrenombre que se puso en honor a la memoria de su suegra, no solo le encanta cocinar, sino también luchar en el ring. Su afición por este deporte surgió cuando era apenas una niña, gracias a que sus padres eran fanáticos de la lucha libre y solían llevarla a las funciones en el Olimpic Ring de San Pedro. “Nunca se me había pasado por la cabeza que un día yo iba a estar en ese cuadrilátero, más al contrario, ellos eran mis estrellas”.

Del Olimpic Ring, los luchadores pasaron al Municipal y luego a El Alto. Ahí fue donde anunciaron que se abrirían gimnasios para el entrenamiento de varones y mujeres, pero no especificaban si las cholitas podían ir. “En ese entonces yo tenía unas compañeras de pollera como yo, que también eran fanáticas de este deporte, así que fuimos juntas al gimnasio”.

Más allá de las burlas de los varones por la vestimenta que llevaban, allí, entre miradas de recelo, Carmen Rosa comenzó su carrera como luchadora.

Como los entrenamientos y las dietas eran muy estrictas, fueron pocas las personas que aguantaron. Solo las que se quedaron pudieron disfrutar de su recompensa: el entrar al cuadrilátero del Multifuncional de El Alto, para poner en práctica las técnicas que el entrenador les había enseñado.

La hora de la popularidad

Las caídas a la lona y las llaves son algunas de las herramientas que usan para vencer a sus oponentes. “Uno, dos, tres”, se escucha la voz del réferi seguida por las campanadas que anuncian la conclusión de la pelea. En esa lucha, solo un brazo es levantado: el de la ganadora.

Las peleas que se daban entre mujeres de pollera eran poco comunes, por lo que ellas decidieron hacer un evento para que la prensa conociera lo que hacían. Gracias a eso, su lucha cruzó fronteras. Un famoso programa de la televisión peruana las invitó para que demostraran sus habilidades ante cámaras, algo que las condujo a una gira por varias partes del país del cebiche.

De manera simultánea al inicio de la gira, Carmen Rosa y sus compañeras, las cholitas luchadoras, empezaban la grabación del documental Mamachas del ring. “En 2005 grabamos el documental con Betty M. Park, una coreana neoyorquina, y Álex Muñoz, el camarógrafo. Con ellos viajamos a las peleas de Oruro, de Tarija e incluso del exterior”, recuerda.

Carmen Rosa asistió a la premier de la película en New York, donde se quedó una semana sin entender ni una palabra en inglés. “He ido a conocer, he visto cómo la han presentado y no solamente fue en Estados Unidos, se presentó también en Canadá y en otros países, pero a Bolivia no sé por qué no ha llegado”, dice mientras mira el afiche de las Mamachas del ring que se exhibe en otra de sus paredes.

El año pasado, Carmen Rosa viajó mucho con el grupo de Wálter Tataque Quisbert y así llegó a diferentes poblaciones donde fue testigo de muchas falencias. “Tienen una linda cancha sintética, pero no tienen agua y el aguatero solo va una vez a la semana. Tampoco tienen ni siquiera un centro de salud”, señala.

Es por la carencia que vio en las provincias, que Carmen Rosa se postula como segunda asambleísta departamental con el Movimiento Por la Soberanía (MPS), encabezado por Felipe Quispe, El Mallku, candidato a Gobernador del departamento.

“Sé que como persona de a pie no puedo hacer nada por El Alto, ni por La Paz, pero estando en el poder voy a tener voz y voto y no quiero ser una levantamano más, sino que mis opiniones se escuchen, mis decisiones se respeten como mujer, no solo como mujer aymara o como mujer de pollera, sino como mujer boliviana”, dice sin perderle el ojo a la olla sobre la cocina.

Es mediodía y “Las delicias de Carmen Rosa” comienza a llenarse de comensales obreros en su mayoría. Los hijos de ella, también luchadores, cuyos nombres artísticos son Dulce Rosa y Bismarck Jr., se aprestan a servir los platos con la ayuda de su papá, que hace también de réferi en algunas luchas. La comida está servida.

La Razón


sábado, 14 de febrero de 2015

Sombra Vengadora Padre devela su vida

Otra tarde de domingo en el Olimpic Ring de San Pedro, a mediados de la década de 1980. Serán ocho “emocionantes combates”, prometen los volantes que son repartidos en la calle. La pelea de semifondo será protagonizada por El Conde de Villa Victoria contra Sombra Vengadora, “duelo por la disputa del cinturón de peso wélter”.

La canción El Tapatío, de Vicente Fernández, resuena en los oídos de los amantes de la lucha libre mientras hacen fila para ver a sus héroes, en especial al ágil y técnico Sombra Vengadora.

Después de 45 años de recorrido por cuadriláteros de casi todo el país, junto a luchadores rudos y técnicos, Sombra Vengadora (Juan Mendoza Zacarías) quiere reconstruir su pasado para recordar sus inicios en la lucha libre, la gloria con los Titanes del Ring y la felicidad de seguir siendo un ídolo para muchos.

En 1968, cuando tenía 15 años, a Juan le gustaba ir al cine México para ver las películas de luchadores como El Santo, Huracán Ramírez y Rayo de Jalisco. “Tanto me gustaba, que cuando había temporada de lucha en el Coliseo Cerrado me colaba o entraba en los últimos minutos”, cuenta Mendoza, quien recuerda que en la calle México de La Paz se organizaban combates entre luchadores bolivianos y extranjeros.

De la panadería al ring

En aquella época, Juan trabajaba durante las noches como ayudante de panadería. “El maestro que estaba conmigo era un fanático de la lucha.

Mientras preparábamos y esperábamos a que madurara la masa para el pan, nos entrenábamos, para lo que poníamos cartones en el piso. Lo hacíamos para no dormirnos”, afirma acerca de su acercamiento a esta exigente disciplina deportiva.

En la sede de gobierno abundaban las escuelas de lucha libre. Fue así como uno de sus amigos le propuso que se presentara en el club Relámpago, de la zona de Villa Fátima.

“Llegué pero no me entrené ni una sola fecha porque el club se estaba cerrando, fue un fracaso total. Pensé que ahí iba a aprender”, se lamenta el técnico.

Después de aquel episodio amargo, junto a su amigo encontró otro club, en Achachicala, y ocurrió lo mismo. “Apenas fui a ver las luchas un domingo, se cerró el show”, recuerda.

Pese a las oportunidades perdidas, Juan no se dio por vencido. El dueño del espectáculo de Achachicala prometió llevarlo a un club conocido, los Tigres del Ring, de donde surgieron grandes luchadores como El Conde y el Caballero de Negro, quien luego iba a ser Tarzan y posteriormente Kung Fu.

Esta vez no podía acecharle la mala suerte. Así es que un domingo de 1969 fue al ring de la calle Villamil de Rada, a unas cuadras de la avenida Buenos Aires, ante un lugar arrebatado de espectadores.

Las circunstancias fueron beneficiosas para Juan, pues aquel día faltó uno de los luchadores. El dueño de los Tigres del Ring le preguntó a su amigo, el exdueño de la arena de Achachicala, si tenía a alguno disponible. Y éste señaló a Juan Mendoza.

El joven panadero se prestó una indumentaria de luchador, improvisó con el nombre de Juan Trueno y participó en la pelea de fondo. “Me dieron una paliza de ésas, era para que ya no vuelva a subir nunca más a un ring. Hasta cuando me reía me dolía todo el cuerpo”, cuenta Juan sonriendo. Como pago por su primera incursión en esta disciplina recibió un sándwich y 50 centavos, “pero lo que más me gustaba era que el público empezaba a aplaudir y eso me hizo olvidar el dolor”.

Para el año 1972, el espectáculo de los Tigres del Ring había decaído, por lo que Juan decidió buscar otros rumbos.

De mina Matilde al Coliseo Cerrado

Cuando Juan decidió presentarse en los Ases de Oro, en la plaza Libertad de la zona 16 de Julio de El Alto, ese día faltó el contrincante de Rayo Azteca de Perú, quien fue uno de sus maestros, pues le enseñó las principales figuras de la lucha.

“A cada rato me preguntaba: ‘¿Te acuerdas cuál es la figura dos, la figura uno?’. Esas enseñanzas me abrieron las puertas para ir a luchar en ciudades del interior del país”, expresa Juan.

Su primera salida de La Paz ocurrió en 1972, cuando le tocó viajar a la mina Matilde, en el municipio paceño de Ancoraimes, debido a que no pudo ir el luchador El Corsario.

En aquel viaje, Juan luchó como el rudo La Cobra ante Mister Atlas, a quien admiraba desde los tiempos en que se colaba en el Coliseo Cerrado, cuando era un joven ayudante de panadería.

Su ídolo le enseñó a Juan cómo interactuar con el público, a hacer amagos de llaves y juegos rápidos de la lucha libre. “Gracias a Mister Atlas he podido entrar a luchar en el Coliseo Cerrado, cuando hubo una temporada internacional en la que estuvieron los peruanos Cardenal, Vikingo y Pepe Pantera”, recalca acerca de la oportunidad que se le abrió para participar en el mayor festival en La Paz, en el que se presentaban también grupos musicales.

La ocasión de enfrentarse con sus ídolos fue propicia para dejar atrás a los luchadores que personificaba, como Juan Trueno, Gavilán, La Cobra y Misterio Negro, para dar nacimiento al técnico que marcó su vida, la Sombra Vengadora, para lo cual se hizo confeccionar su primer uniforme.

Uno de los domingos de mayo de 1975, Juan llegó al Coliseo Cerrado con un maletín en la mano, donde se encontraban guardados su uniforme y la máscara.

Si bien en la cartelera estaba incluido un Sombra, Juan desconocía si se referían a él, porque en esa época había un homónimo en la sede de gobierno.

Desde la calle escuchó que los luchadores debían salir al ring, así es que “tímidamente” se acercó a una de las puertas del Coliseo Cerrado.

“Señorita, yo soy luchador”, le informó a la persona que controlaba el ingreso de espectadores. “Qué va a ser luchador usted, haga fila y vaya a comprar su entrada”, le respondió.

Para convencerla de que era uno de los “gladiadores” tuvo que mostrarle su máscara de Sombra Vengadora “y a duras penas me metí al coliseo”.

Como faltaba poco para que empezara la lucha todos contra todos, el coordinador del festival metió a empujones a Juan hacia los camarines y le ayudó a vestirse. Cuando ingresó al escenario principal, Sombra vio que las graderías estaban repletas de gente. En la pelea de 16 luchadores fue el primero en salir.

En su debut en el Coliseo Cerrado le tocó estar en la primera lucha de la jornada, contra el Oso Siberiano. “Me ha hecho trapo porque no me dejó trabajar, como él era grandote, me dejó deshecho”, recuerda.

Después de compartir el ring con luchadores peruanos, chilenos, japoneses y mexicanos, como Huracán Ramírez en 1976, Sombra Vengadora ya se había consolidado como uno de los mejores técnicos y le faltaba dar otro paso más. Que el público lo viera en la televisión.

“Gracias a la movilización de El Conde; de Toto Quezada, que era gerente de Canal 7, se hizo una serie de Los Tigres del Ring para la televisión, que se transmitía todos los domingos”, informa Sombra, quien indica que las peleas se llevaban a cabo en una carpa de la Ciudad Satélite.

El programa televisivo duró cinco meses del año 1980, luego de lo cual hubo una pausa para dar otro paso decisivo, cuando los luchadores alquilaron el Olimpic Ring de San Pedro y Fernando Quiroga, el luchador Dragón Chino, fundó la Asociación de los Titanes del Ring.

En esa arena fue donde Sombra Vengadora se hizo famoso por su estilo de lucha y protagonista en la cartelera dominical.

Sin máscara

En 1984, debido a problemas familiares, Juan ofreció la pérdida de su máscara a cambio de un monto de dinero.

Recibió lo prometido, perdió ante la Llorona de Panamá y desde ese día ya no debía utilizar máscara. “No podía acostumbrarme. Estaba como desnudo, ya no me atrevía a mirar al público porque me daba vergüenza”, confiesa Sombra, quien después de unas semanas visitó a Quiroga para pedirle volver a utilizar la máscara.

“El público tiene la palabra, ¿Sombra Vengadora se vuelve a poner la máscara o no?”, propuso Quiroga. La gente respondió con una unánime respuesta afirmativa.

“Después de eso me lucí otra vez, hice voladas, más ágil me he vuelto”, rememora Juan con una sonrisa.

Luego de la gloriosa temporada del Olimpic Ring pasó por el programa de televisión Estrellas del Ring y por una etapa de Furia de Titanes, además de festivales de beneficencia.

“Voy a seguir porque todavía tengo para luchar”, afirma Sombra Vengadora, quien también enseña lucha libre a los jóvenes.

Cuando Juan está sin máscara se dedica a la construcción, a construir edificios en lugar de fantasías de domingo. Dice que el trabajo es aún más duro y ya no llueven los vitoreos de antaño. “Eso es algo con lo que uno debe lidiar”. Tras 45 años de recorrido dentro del cuadrilátero, Sombra Vengadora tiene el deseo de retirarse de la lucha libre en un espectáculo masivo como es sus mejores tiempos.

Juan Mendoza salió de la sombra para reconstruir su época de ídolo en el Olimpic, cuando entraba con música mexicana y la gente coreaba su nombre.

La Razón

martes, 9 de diciembre de 2014

El Conde de Villa Victoria devela su vida

La calle está llena. Hay vendedores de helados, de manzanas acarameladas, de máscaras... En el ambiente se escucha El tapatío, un mariachi cantado por Vicente Fernández. Es un domingo por la tarde de 1984, en el Olimpic Ring de la zona de San Pedro, en La Paz.

Ingresar a este recinto se asemeja a visitar el Coliseo de Roma. Claro, cuando uno tiene siete años todo es espectáculo.

Ya adentro, desde las graderías o en los asientos cercanos al ring, uno a uno luchan los gladiadores, esos Titanes del Ring.

“Con ustedes, el sanguinario, el rudo y odiado por el público... El Conde de Villa Victoria”, grita el relator de las luchas.

“Fue una linda época, cómo se llenaba de público”, afirma hoy El Conde, quien en la actualidad tiene 52 años de experiencia en esta disciplina deportiva y se enorgullece de ser rudo en el ring.

La carrera como luchador de Basilio Ilaya Linares (El Conde) comenzó durante su adolescencia. “Como era de una familia humilde, me buscaba la vida trabajando”, recuerda Ilaya.

Es así como, a sus 15 años, se ganaba la vida descargando arena para construcción, allá por la década de los 60. En 1962, una tarde cuando llegaba a su casa en el barrio 3 de Mayo, en la avenida Buenos Aires, dos vecinos le preguntaron: “Basilio, ¿quieres ser luchador?”. Él no dudó un solo instante y aceptó trabajar en los Tigres del Ring, que organizaba funciones en la final de la calle Villamil de Rada, en una especie de garaje donde se improvisaba el ring con adobes, paja y una lona, con cuatro postes rústicos enterrados en el piso unidos por sogas.

“Desde siempre me ha gustado ser rudo porque veía a luchadores mexicanos como Lobo Negro, Chacal y Wolf Ruvinskis en el cine Imperio de Alto San Pedro, donde daban episodios de lucha libre”, explica.

Para debutar tuvo que entrenarse durante tres meses, con el consabido “recibimiento” de sus compañeros. “Había luchadores antiguos que dominaban; uno de ellos, Diamante Azul, me tiró al suelo y me dejó sin aire. Ese mismo momento me fui a mi casa”. Ocurrió a la semana de que se estaba entrenando.

Por ello, decidió continuar trabajando levantando cemento.

No obstante, herido en su orgullo, a las dos semanas retornó a las prácticas de lucha, deporte que no dejaría más.

Su debut ocurrió con máscara y con el nombre de El Chacal. “No me gustaba la máscara porque quería que la gente me viera, me admire”. Por eso, luego de la sexta pelea, pidió luchar con el rostro descubierto. Así, a sugerencia de sus amigos, cambió su denominativo por Conde Score. “Yo no sabía qué significaba mi nombre, pero la cosa era no ponerme máscara”, recalca.

“El rudo tenía que alzar lo que encontrara, aunque fuera madera, incluso nos sonábamos con adobes”, relata Basilio acerca de aquellas luchas, además de que “como los asientos eran de adobe, la gente nos arrojaba con tierra y con piedras, con todo lo que encontraban”.

A mediados de los 60, empresarios de la lucha libre en la Pérez Velasco reclutaron a deportistas de la Villamil de Rada, entre quienes se encontraba El Conde Score.

En esos años se enfrentó con luchadores nacionales y extranjeros, como los peruanos Sabú y la Bestia, los chilenos Robin, Piloto y Tarzán, además del colombiano Rocky Nelson y la Zaeta venezolana. En 1969 llegaron los mexicanos El Santo, Blue Demon y Huracán Ramírez, entre otros.

En 1968 —recuerda Ilaya— los microbuseros eran elitistas, no dejaban que cualquier persona ingresara en sus sindicatos, pues tenían que estar bien preparados y con “buenos” apellidos. “Por mi apellido creo que me decían chau, así era, pero ya era conocido como luchador, así es que me afiliaron al Sindicato de Colectiveros Villa Victoria”.

Ya con el nombre de El Conde de Villa Victoria viajó a varios departamentos y varios países, siempre como luchador rudo.

En 1980, los deportistas se organizaron como Los Tigres del Ring para participar en un ciclo de luchas que era transmitido por Televisión Boliviana.Luego de esta experiencia, el grupo se autodenominó Los Titanes del Ring y se presentaba todos los domingos en el Olimpic Ring de San Pedro. “Así empezamos una nueva temporada de lucha libre, que ha sido apasionante, lo mejor de la lucha libre profesional, donde había jóvenes muy disciplinados que amaban este deporte espectáculo”, dice Basilio.

Una jornada de domingo, “yo emparejaba con Barrabás contra Ángel Azul y Sombra Vengadora. Con una de esas patadas voladoras de Ángel Azul, Barrabás y yo teníamos que salir del ring, pero no pude agarrar la cuerda, caí al suelo y me zafé la clavícula”, relata El Conde, mientras muestra el hueso salido del hombro, como la herida de batalla más importante de su carrera, además de un desprendimiento de retina y golpes en todo el cuerpo.

La siguiente etapa importante para la lucha, de acuerdo con El Conde, fue durante Furia de Titanes, un ciclo de transmisiones que se emitía por ATB.

“Viajábamos por todo lado, a Potosí, Sucre, Santa Cruz”, señala emocionado.

“Cuánto no quisiera rejuvenecer, puedo seguir luchando, pero me da pena la división que existe entre los luchadores”, se lamenta El Conde.

En la actualidad, Ilaya es transportista y funge como dirigente del cuerpo de decanos del Sindicato Mixto de Transportistas Villa Victoria, “donde me quieren como luchador y también como transportista”.

“Voy a seguir luchando, puedo seguir haciendo espectáculo, no me he rendido todavía”, asevera El Conde.

Termina la entrevista, son las 19.00, la misma hora en que solía acabar la jornada de lucha en San Pedro. El Conde asegura que continuará luchando, tanto en la vida como en el ring. No por nada, a sus 69 años, planea presentarse en el Multifuncional de la Ceja de El Alto para recordar los viejos tiempos. Es el rudo de la villa.

La Razón



Archivo: